viernes, 1 de junio de 2012

Zoom: "El guardavía" de Charles Dickens

Idioma original: inglés
Título original: The Signal-Man
Año de publicación: 1866
Valoración: Recomendable

No sabía yo, hasta hace dos días como quien dice, que Charles Dickens escribió relatos de fantasmas (más allá de los fantasmas de las Navidades pasadas, presentes y futuras de Cuento de Navidad, claro... Pero resulta que sí, que escribió no una, sino varias, algunas de ellas incluidas como relatos más o menos independientes en distintas novelas, por ejemplo en sus Pickwick Papers. Pero entre todos sus relatos sobrenaturales, el más famoso es este, "El guardavía", publicado originalmente como parte de una publicación especial de Navidad titulada Mugby Junction (1866).

El protagonista del relato es, como indica el título, un guardavía: una de esas personas que se dedican a dar o negar el paso a los trenes a la entrada de estaciones y túneles para evitar accidentes. El equivalente ferroviario de los controladores aéreos, vamos. Este guardavía en concreto está aterrorizado por la presencia de un ente sobrenatural e invisible para cualquier persona que no sea él: un hombre que se le aparece, le llama, intenta advertirle de algún peligro futuro. La primera vez que lo vio, fue unas horas antes de un terrible accidente de tren en el túnel; la segunda, poco antes de que una joven muchacha muriera en misteriosas circunstancias; y ahora que se le sigue apareciendo... ¿de qué intentará avisarle? (Claro que no voy a contar aquí de qué intenta avisarle: el que quiera saberlo, que se lea el relato...).

La historia está basada en hechos reales, hasta donde puede estarlo un relato fantástico, obviamente. En 1865, o sea, un año antes de la publicación del relato, el propio Charles Dickens se vio involucrado en un accidente de tren en Staplehurst: el tren en el que viajaba descarriló, y varios vagones cayeron al río, causando 10 muertos. Dickens viajaba en uno de los vagones que no llegó a caer, y colaboró heroicamente en el salvamento de las víctimas, pero quedó profundamenta afectado por el suceso. Sin embargo, el accidente descrito en el relato (un choque en un túnel) se parece más a otro accidente anterior, el choque del tunel de Clayton de 1861.

"El guardavía" conserva el atractivo de los clásicos relatos de fantasmas del siglo XIX, aunque está libre (gracias a dios) de la cansina adjetivación romántica ("espeluznante criatura", "horrenda visión", etc.). De una sencillez narrativa casi total, consigue ni más ni menos que lo que pretende: crear tensión, sugerir misterio, provocar una cierta inquietud en el lector y cerrar el relato sin ser ni demasiado obvio, ni demasiado rebuscado.

También de Charles Dickens: Cuento de Navidad, El almacén de antigüedades

jueves, 31 de mayo de 2012

José Mauro de Vasconcelos: Mi planta de naranja lima

Idioma original: portugués
Título original: O meu pé de laranja lima
Año de publicación: 1968
Valoración: Imprescindible

No sé si estaréis de acuerdo, pero tengo la impresión de que la edición independiente en España tiene un nivel altísimo: hay un grupo de editoriales relativamente nuevas que está haciéndolo un gran trabajo, en cuanto al contenido (creando catálogos de una calidad sostenida que hacen que confíes en la editorial de aquí en adelante) y en cuanto al tratamiento del propio libro, haciendo ediciones bonitas, cuidadas, elegantes. Me refiero por ejemplo a Impedimenta, de la que reseñábamos ayer mismo Una oración por Kateřina Horovitzová; a Acantilado, de la que ya me he declarado seguidor varias veces; o a Libros del Asteroide, la editorial que ha recuperado Mi planta de naranja lima del limbo de los libros inencontrables en España, mientras que en los países de habla portuguesa es un auténtico clásico de la literatura juvenil.

Mi planta de naranja lima es una novela de aprendizaje (el espantoso término técnico es Bilgungsroman): el de Zezé, un niño de cinco años, travieso, inteligente e imaginativo que sueña con convertirse en poeta y llevar corbata de lazo. Para escapar de la realidad de pobreza y maltrato en que vive, Zezé se refugia en un mundo ficticio con Minguinho, un árbol de naranja lima con el que comparte sus preocupaciones, sus aventuras imaginarias y sus sueños. En la segunda mitad de la novela cobrará importancia la figura de Manuel Valadares, el Portuga, con quien Zezé entabla una amistad casi paterno-filial.

Esta novela es en gran medida autobiográfico: recuerda la propia infancia de Vasconcelos en Bangú, donde vivió en condiciones muy semejantes a las que refleja el libro; pero esto, obviamente, no lo desmerece para nada. Al margen de inspiraciones reales, Mi planta de naranja lima está llena de personajes, imágenes y situaciones tratadas con el tono perfecto, ni idealizante ni lacrimógeno: el tío Edmundo, que parece saberlo todo; los juegos que Zezé inventa para entretener a su hermano Luis; su relación con la maestra, que parece ser la única que no lo ve como un diablo; su hermana Gloria, que lo protege de la violencia que lo rodea... Un universo duro pero cargado de poesía y de belleza.

Cuando empecé a leer este libro, escribí a la persona que me lo había regalado para decirle que me gustaba la delicadeza con que estaba contada la historia. Ella dijo que le gustaba más la palabra "ternura". Llámalo ternura o delicadeza, es lo de menos. Lo de más es que esta es una novela conmovedora, que hará llorar a más de un lector.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Arnošt Lustig: Una oración por Katerina Horovitzová

Idioma original: checo 
Título original: Modlitba pro Kateřinu Horovitzovou
Año de publicación: 1964
Valoración: Muy recomendable

Este es un libro sobre el Holocausto, pero no desde la perspectiva habitual: no es un testimonio (aunque Arnošt Lustig pasó por Auschwitz y Buchenwald, y por lo tanto los conocía de primera mano); es una narración ficticia, casi alegórica, con un toque de fábula moral, sobre el poder del autoengaño y de la voluntad de supervivencia, y sobre la crueldad de la inteligencia humana.

La novela comienza con una sorpresa: nos encontramos en una sinagoga adyacente a un campo de concentración nazi, en la que un grupo de acaudalados judíos están siendo tratados con el mayor de los respetos, agasajados incluso. Con ellos hay una muchacha, Katerina Horovitzová, una joven y hermosa bailarina, de la que se ha apiadado uno de los hombres (el que parece ser el jefe del grupo, devido a que habla alemán). Pronto se nos explica la razón de este extraño caso: los acaudalados judíos van a ser intercambiados por militares alemanes de alta graduación. Para ello deberán abonar los gastos provocados por su cautiverio y su traslado, debidamente calculados por el oficial Bedrich Brenske. Pero empiezan a surgir imprevistos en el viaje: retrasos, problemas burocráticos, más y más gastos... La libertad, que parece al alcance de la mano, se escapa constantemente de su vista...

Una oración por Katerina Horovitzová es una novela angustiosa, como no puede ser de otra manera teniendo en cuenta su tema. Manejada de un modo impecable por el autor, la tensión narrativa va creciendo a medida que los personajes (y los lectores) ven cómo las esperanzas de libertad parecen nunca llegar a concretarse. Destacan en la obra los personajes del manipulador Bedrich Brenske, el honrado pero ingenuo Herman Cohen o la torturada Katerina Horovitzová, que se debate entre su instito primario de sobrevivir, y el deseo de salvar a su familia.

El final de la novela tiene algo de mesiánico, casi de milagroso. Es aquí donde más notamos que es esta una historia de ficción, casi podríamos decir que "romántica", y no un testimonio: no encontraremos nada semejante en las obras de Primo Levi, de Imre Kerteszs o de Jorge Semprún, por poner algunos nombres. Pero esto no roba dramatismo al conjunto; la angustia y la tensión que las 150 primeras páginas han sabido transmitirnos, no se borran por unas últimas 20 páginas de "justicia poética". Al contrario: el efecto es catártico; sabemos que esto no pasó, pero nos gustaría que hubiera pasado.

martes, 29 de mayo de 2012

Jean Clair: La paradoja del conservador

Título original: Paradoxe sur le conservateur
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 1988
Valoración: recomendable

Jean Clair comienza recordando algo que muchas veces pasa desapercibido en el lenguaje artístico: el origen del término "conservador" es religioso. En la antigua Roma designaba a aquellos que se ocupaban de guardar con gran cuidado las imágenes de los dioses. Esto no deja de ser significativo porque incluso hoy en día, la presencia de conservadores (o comisarios o curators) en un museo parece indicar que hay allí algo valioso (incluso: algo sagrado) que debe guardarse con gran cuidado. En este librito Jean Clair saca gran partido a esta procedencia religiosa del término y desarrolla una sugerente comparación entre la situación de la religión romana en tiempos de la República y la del arte contemporáneo.

Del mismo modo que por entonces incluso los niños habían dejado de creer en los manes, hoy nos encontramos con un escepticismo generalizado sobre el valor del arte. Y especialmente entre aquellos que parecen entenderlo mejor. El escepticismo romano en los dioses hizo que pudieran incorporar a su panteón, sin ningún problema, todos los dioses de los países sojuzgados. Lo mismo sucede hoy con el corpus del arte contemporáneo, que admite sin repulsión cualquier elemento nuevo.

El diagnóstico es bastante desolador, y más aún si se tiene en cuenta que Jean Clair no es sino el pseudónimo de Gérard Régnier, que fue director del Museo Picasso de París y conservador general del Museo Nacional de Arte Moderno, ni más ni menos. Su explosiva crítica a la todopoderosa figura del comisario en la actualidad le ha convertido en alguien muy polémico en la esfera artística francesa, lo que le lleva en ocasiones a radicalizar sus posturas más de lo necesario. Viene bien, sin embargo, tener presente lo que dice; al menos, para no pecar de crédulos.

lunes, 28 de mayo de 2012

Fiódor Dostoievski: El jugador

Título original: Игрок
Idioma original: ruso
Fecha de publicación: 1867
Valoración: Muy recomendable

Volvamos a los clásicos, que los clásicos nunca decepcionan.

Volvamos a los clásicos, que cumplen hacendosos las reglas del juego: de su juego clásico.

Volvamos a los clásicos, con sus antihéroes atormentados, sus bellezas esquivas e irritantes, y sus villanos ejemplares, todos ellos moviéndose, amándose y odiándose en exquisitos entornos con aroma a sepia.

Volvamos a los clásicos, después de tanta fast food literaria, atrevimientos de todo tipo, y pretensiones estratosféricas.

Volvamos a los clásicos, que ellos no se engendraron para dejar con la boca abierta a ningún lector ávido de juegos y aniquilamientos literarios varios made in el confuso, acelerado, mediatizado y amante del pastiche siglo XXI.

Volvamos a los clásicos, a Dostoievski en este caso, que retornar a él es como entrar de nuevo, y por la puerta grande, a una enorme sala de baile de estilo decimonónico repleta de criaturas apasionadas dispuestas a abrirnos sus más íntimos anhelos mientras la nieve cae gloriosa más allá de sus majestuosos ventanales.

Volvamos a los clásicos, al Padre de todos los atormentados en esta ocasión, que con El Jugador nos ofrece una novela corta y de tintes autobiográficos que escribió apresuradamente y con la ayuda de una taquígrafa, para librarse de una dura deuda que podía haberle costado la vida. Pero gracias a Dios salió airoso del reto y posteriormente convirtió a la bella escribiente en su segunda esposa...

Volvamos a los clásicos, dediquemos nuestras horas de lectura a obras como la que hoy reseño, y conozcamos al intenso y romántico tutor de la imaginaria ciudad de Roulettenbourg, empleado por una familia rusa que vive en la suit de un hotel a la espera de que se les muera una rica tía. Conozcamos al joven tutor, sí, y cómo su pasión por la insoportable y cambiante Polina le llevará a iniciar una mareante relación con las malas artes del Casino en busca de riqueza y gloria.

Volvamos a los clásicos, con sus personajes de carne, sangre y vida, con sus tramas perfectamente estructuradas y conducidas, y con sus sorpresas argumentales estudiadas y bien medidas. Obras perfectas, redondas, salpimentadas de cuestiones y desvelos que aún ahora siguen inquietando hasta al hombre más sereno.

Volvamos a los clásicos, a ser posible, en papel y en butaca.

También de Dostoievski: Crimen y castigo

domingo, 27 de mayo de 2012

Alfred Bester: Las estrellas mi destino

Idioma original: inglés
Título original: The stars my destination
Fecha de publicación: 1956/1984
Valoración: muy recomendable

Publicado originalmente bajo el título de ¡Tigre, tigre! y años más tarde, en una edición renovada por el autor, bajo la frase que encabeza la entrada de hoy, este inolvidable clásico de la ciencia ficción fue considerado, durante décadas, como la novela más importante del género. Todavía hoy, pasados más de cincuenta años, mencionarla en cualquier conversación provoca, por lo general, una sonrisa de complicidad entre los interlocutores.

El argumento es, en realidad, una revisión futurista de otro clásico de la literatura, El conde de Montecristo. A saber: en el siglo XXV, en un mundo dominado por peligrosas corporaciones, un paria de las galaxias, brutal, enorme, sin piedad ni escrúpulos, totalmente consagrado a la violencia, es abandonado a su suerte y dado por muerto (no entraremos en detalles). Gracias a su inteligencia y a sus otras cualidades (entre ellas, matar con facilidad), Gully Foyle, que así se llama, sobrevivirá y dedicará lo que le queda de vida a cumplir un único objetivo: vengarse. Bien, posiblemente Bester no inventó nada nuevo, pero sí que logró reunir en un texto ágil, vibrante y escrito con mucha mala leche dos elementos que pasaron a la historia: el propio Gully Foyle y el "jaunteo".

Porque sí, el personaje principal de este libro estupendo es el prototipo de antihéroe llevado hasta sus últimas consecuencias, y el lector lo acompaña de principio a fin sin miramientos, asistiendo a todas sus crueldades y fechorías con una sonrisa, saludando su maldad, comprendiendo su inquina, incluso regocijándose con su evidente falta de conciencia. Cierto que el personaje evoluciona a lo largo del libro, pero su espíritu vengativo y su alma tremendamente corrupta son materiales presentes en casi toda la narración. Llega a convertirse en una leyenda, en un mito de las galaxias que siembra el terror por dondequiera que pase. Bester, además, es capaz de presentarnos estas, digamos, carencias emocionales, con un extraordinario sentido del humor, obligándonos a ponernos de parte de Foyle, invevitablemente, en todo momento.

El "jaunteo" es la palabra clave. Los buenos aficionados a la ciencia ficción se reconocen porque usan este término cuando quieren referirse a la teletransportación. Los personajes de este libro jauntean, es decir, en el futuro tenebroso y hostil que nos plantea Bester la humanidad ha llegado a dominar y establecer como habitual este sueño de atravesar el espacio en un segundo, de desplazarse de un lugar a otro y aprovechar la ventaja del desconcierto. Vale: de nuevo Bester no inventa nada, pero sí que es el primero en dotar al concepto de una personalidad (desde el mismo nombre) y en asimilarlo de manera fácil a un texto que narra una historia en la que la teletransportación tiene un lugar fundamental.

Un libro que no da tregua, difícil de dejar, en el que la acción sube y el guión gira hasta un final arrollador, sorprendente, planetario. Un descubrimiento irrepetible, que suele inspirar varias lecturas a lo largo de la vida, y en todas, desde luego, la sensación de haber invertido el tiempo en un texto que merece la pena.

Para invitar un poco más a la lectura: el libro comienza con la famosa cita de Blake ¡Tigre, tigre! que ardes brillante / en los bosques de la noche, / ¿qué mano, qué ojo inmortal / podría reflejar tu temible simetría?, y estos versos, por supuesto, tienen mucho que ver con el protagonista. Grande siempre, Gully Foyle.

sábado, 26 de mayo de 2012

Peter Cameron: Algún día este dolor te será útil

Idioma original: inglés
Título original: Someday This Pain Will Be Useful To You
Fecha de publicación: 2007
Valoración: recomendable

James es un chico de diecisiete años. Acaba de terminar el instituto y pasa el verano antes de ir a la universidad trabajando en la galería de arte de su madre. El problema es que no quiere ir a la universidad ni relacionarse con los jóvenes que estarán estudiando allí. James es un joven inteligente, quizá demasiado, pero siempre se ha sentido fuera de lugar con la gente de su edad.

De hecho, lo único que quiere hacer es abandonar Nueva York, comprarse una casa de campo en otro estado y pasar los días leyendo, sin que nadie lo moleste. Así que sus padres se preocupan, claro, y deciden que debe visitar a una psicóloga. Pero sus sesiones no serán (al menos, para él) tan productivas como su familia espera y James se sentirá aún más aislado del mundo que lo rodea.

Éste es el punto de partida de Algún día este dolor te será útil, una novela breve pero muy interesante que, más allá de las reflexiones de su protagonista, nos ofrece una visión actual y diferente de la vida en Nueva York, de las relaciones personales y de lo que supone hoy en día sentirse fuera de lugar.

Pero también es un libro que habla de la grieta existente entre el pensamiento y su formulación, de la incapacidad que tenemos para expresar correctamente lo que pensamos y, por tanto, para mostrar a los demás lo que realmente queremos decir y lo que en realidad somos.

A pesar de que el libro está narrado por un adolescente, Cameron no cae en tremendismos ni dramas típicos de esa edad, sino que construye una trama tan interesante como su personaje, un joven que utiliza su incapacidad para relacionarse con los demás y su consecuente aislamiento para analizar el mundo en el que vive de una manera inteligente y divertida (y muy sarcástica, en ocasiones).